Cuba me sorprende cada día más. Al principio sentía el alucinamiento de venir aterrizando, de estar cumpliendo un sueño, de caer de pronto en un lugar tan radicalmente distinto a los que vengo. Pero según han ido pasando los días, y voy dimensionando las cosas de un modo más “real”, me sigo maravillando de lo que es este país.
Hay cosas que me molestan mucho, pero no son distintas a las que me pudieran molestar en Chile, España o Argentina. Me molestan los negros buitres que me dicen cosas al pasar, que se acercan en cuanto creen ver la oportunidad de embaucar a una extranjera, ya sea para acostarse, ya sea para lograr que les paguen la jarana. Me molesta la espera incierta de una guagua que cuando llega está atestada, o que a veces simplemente no llega. Me molesta el ruido, los gritos, portazos, bocinazos y el reggeaton incesante y altísimo. Lo mismo que en cualquier micro, o en cualquier plaza, o en cualquier bar, pero más exagerado.
Pero lo que me encanta, no lo he visto en ninguna parte. No es la amabilidad de su gente. No es la alegría ni la música en las calles, no son las frutas ni las playas. Podrían ser los talleres de (buenos) artistas que abren sus puertas a la calle y que se repiten 3 o 4 veces por cuadra en La Habana Vieja, y donde no son los artistas charlatanes con aires de intelectuales que vi en Barcelona o en Santiago. O tal vez las innumerables galerías de arte, donde la entrada es un saludo y donde quienes las visitan son personas normales y corrientes que andan por ahí, sin cócteles y copitas de vino y pintas de “hippies-alternativos-altísimamentecuicos”; o los distintos departamentos destinados a arqueología, espeleología, arquitectura, economía, historia; o los muchísimos centros para la tercera edad; o los incontables hospitales, centros de rehabilitación, centros de salud especializados. Pero no es solo eso.
Hoy fui a Guanabo. Es una ciudad costera, a unos 45 minutos de La Habana. Fuimos un rato a la playa y luego almorzamos en casa de la hermana de Raúl, Nora. Ella me contaba que cuando acababa de casarse con su primer marido, estaba con su hija recién nacida, y se fue al monte, a apoyar la Revolución. Le daba pecho a la bebé y en el otro hombro se colgaba el fusil. Solo estuvo un mes. El resto de sus hermanos y su marido, se quedaron varios meses. Raúl no me había contado nada de eso, pero sí me ha dejado claro en este tiempo su apoyo a Fidel y su consecuencia con el planteo de la Revolución. Supe que él y Nora no fueron soldados, sino que llevaban medicamentos, comida y material escolar. Ellos se sienten contentos con lo que tienen, con lo que les ha dado la Revolución. No necesitan más, dicen que viven bien, que Cuba es un buen lugar, con sus líos, como en todas partes, pero que no se puede hacer todo de una sola vez, y que poco a poco se va avanzando. Raúl, por ejemplo, recibe cada 19 días, un balón de gas de 11 kg. Lo recibe tan a menudo porque en su cartilla están incluidos su hija y uno de sus nietos. Pero en la casa vive solo él, así que no cobra el balón que le corresponde hasta que el que tiene se le agota. Podría conseguir un balón vacío para pedir el balón que le corresponde y venderlo, pero no lo hace.
Nora me dijo hoy que la comida que me ofreció estuvo mala porque se le quemaron los frijoles y tuvo que cocinar de nuevo algo improvisado. Pero lo cierto es que había arroz, cerdo, plátano frito, ensalada de tomate, pepino y cebolla y jugo de guayaba. A mí no me parece que esa sea mala comida. Y son pobres. Vive en una casa grande, muy bonita, con una terracita. Pero le complica vivir en Guanabo porque ya es vieja y está sola, y viajar a La Habana es muy largo y difícil. Así que va a permutar su casa, con alguien de La Habana que quiera vivir en Guanabo. ¿Para qué arrendarla? si lo que necesita es una casa, no dinero.
En la televisión los programas hablan de los trabajos de alfabetización que se realizaron a nivel nacional en los años ’60. Hay programas de matemáticas y gramática para los niños. Ya he visto varios sobre temas de salud, enfocados de distintas maneras para que la gente comprenda de qué se tratan ciertos síntomas y qué medidas deben tomar antes de acudir a un médico. Los programas culturales incluyen entrevistas a profesores de arte, música y cine, que ofrecen verdaderas clases de historia del arte, de estética, de diseño, de música, de actuación.
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Hoy estaba en casa de Raúl, después de almorzar estábamos charlando sobre la campaña de alfabetización. Me estaba contando que él también participó, en su caso con la doble tarea de alfabetizador y de tutor de un grupo de niños y jóvenes alfabetizadores, ya que él era maestro. Me confirmó lo que vi en la TV: que la campaña cubana ha sido la única en el mundo con un éxito casi total en esa labor, y que fue debido a que en ella participó todo el país. Solo era necesario saber leer y escribir para inscribirse como alfabetizador. Había muchísimos niños de 10 o 12 años que iban a los montes a enseñar a leer y escribir a ancianos, jóvenes y niños campesinos, la mayoría pobrísimos, que los acogían y en cuyas casas debían vivir en las mismas condiciones de la gente a la que enseñaban. En esa charla estábamos cuando golpearon la puerta. Raúl me pidió que abriera, y cuando lo hice, me encontré de frente con una enfermera que me preguntó si había alguien con fiebre en la casa. Entendí lo que dijo, pero no podía entender qué hacía ella ahí preguntando eso. Raúl gritó desde el sillón, “No, estamos todos sanos, gracias”. La enfermera se despidió y se fue. Siguió llamando y preguntando en cada departamento. Mi cara de sorpresa debe haberle dado risa a Raúl. Me explicó que era del consultorio correspondiente a su barrio, que periódicamente pasa a preguntar por si hay alguien con algún malestar.
Sé que no puedo pretender hablar de Cuba cuando solo voy a estar 13 días en La Habana, pero hay cosas que puedo decir, comparando lo visto y lo sentido en otros lugares que conocí. Recuerdo que en Marsella, cuando fui a reunirme con Luis Felipe, y donde estuve tan solo 3 días, apenas bajé del tren vi un grupo de unos 6 policías marchando formados, con metralletas en ristre, vestidos como comando de color azul. Esa escena se repitió varias veces en esos tres días y cada vez que la presencié sentí temor. Puede ser que estuviera influenciada por el hecho de saber que estaba ilegal y que mi traspaso de la frontera no había sido muy “honesto”, pero lo cierto es que nunca me pareció que esos policías protegieran a la gente. Más bien los sentí un agente represor, tal como siento a los carabineros en Chile. Podría decir que en España la Guardia Urbana era un poco más amable, pero no dejaba de producirme esa sensación de que eran represores más que protectores. Ni hablar de la Guardia Civil. Solo por el hecho de ver ese uniforme y ese casco trapezoidal ya producen urticaria, los españoles los tienen asociados al franquismo y reaccionan violentamente solo de verlos, y efectivamente son tremendamente represores cuando les toca “preservar el orden público”.
Pero en estos días he paseado por gran parte de La Habana Vieja y nunca sentí ese temor, esa violencia al ver un policía o un militar. Y no hay pocos. En realidad hay en casi todas las esquinas. Sé que puedo estar influenciada por mi paisaje, por lo que me enseñaron, pero lo cierto es que me sentí segura, no amenazada. Hablé con algunos, para preguntar calles y otras cosas, y no tuve la sensación de estar conversando con un uniformado. Nunca me han gustado los milicos, sean revolucionarios o fascistas, eso de la armas y los uniformes no me va, pero qué puedo decir, los de este país parece que entienden mejor que muchos civiles lo que es la no violencia. Saben que la gente violentada reacciona violentamente. La gente lo habla, la TV lo dice, el diario lo establece como un axioma. Y proponen una alternativa: el amor, el cariño, la ternura, la dulzura, la solidaridad, la amistad. Ocupan esas palabras, no es una interpretación mía. Las pronuncian cuando hablan de atender pacientes, de enseñar a los niños, de rehabilitar a los discapacitados, de cuidar de los ancianos, de restaurar el patrimonio, de abrir centros culturales, de ofrecer ayuda a otros países… En las noticias entrevistaban a una señora que estaba tratando de tramitar su visado a Miami para visitar a su familia. En la embajada de EEUU la trataban mal, y ella alegaba que no le importaba tanto que no le dieran su visa como el hecho de que las explicaciones que le daban para no hacerlo, no se las dieran con un poco de ternura.
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El día de hoy fue súper raro. Estaba lindísimo, caluroso, despejado, con un cielo azul brillante. Pero por la misma razón parece que salieron todos los turistas a la calle. Casi no se podía caminar por la Habana Vieja, fue agobiador.
Además, fui a visitar el laboratorio de restauración de la Oficina del Historiador, que funciona en la Universidad de San Gervasio, y si bien fue una linda experiencia, me pasó parecido a lo del taller de luthería, ya que no dejan sacar fotografías ni mucho menos filmar. Es una pena, porque lo que a mí más me interesa es poder mostrar en Chile lo que yo estoy pudiendo constatar aquí. Contarlo no es lo mismo. Verlo es mucho más impresionante, porque uno desde afuera tiene otra imagen de Cuba. Este es un país pobre, con mucha dificultad para conseguir tecnología. Sin embargo han sido inteligentes y han logrado mucha cooperación internacional, por lo que han podido equipar sus laboratorios bastante bien. Pero lo mejor de todo no son los aparatos ni la tecnología, sino la mentalidad, la disposición que tiene esta gente. Aquí no hay afán de lucro, y el prestigio no está basado en la posesión de un “algo” que los demás no puedan alcanzar (conocimiento, posición, nombre…). Es difícil de explicar bien, porque es algo que más se siente en la conversación, en el intercambio, y que no es tangible. Todas las personas que me han recibido, que me han atendido, todas, sin excepción, me han preguntado por el conflicto estudiantil en Chile, y de ahí parten a exponer su convicción de que el conocimiento debe estar al alcance de quien quiera obtenerlo, y de que la excelencia y la rigurosidad deben ser parte fundamental en el estudio de cualquier disciplina.
Datos personales
- Giselle
- Creo en la Vida y su luminiscencia, creo en la fuerza y en la bondad, creo en la alegría y la confianza.
jueves, 5 de enero de 2012
lunes, 12 de septiembre de 2011
Conformistas, cómodos, pusilánimes o cretinos.
Me llama la atención que ultimamamente haya proliferado tanto el argumentito fácil sobre lo inútil o estúpido de ciertas acciones que se han llevado a cabo para manifestarse en contra del actual sistema imperante en Chile, con su centro en el confilicto estudiantil y con una multifacética gama de temáticas en la periferia.
Me pregunto: si no sirve participar en una marcha, aunque sea por hacer choclón; si no sirve alegar por lo que es justo, aunque sea por FB; si no sirve protestar con lo tienes a mano, así sea una cuchara de palo; si no sirve tirar piedras, porque es violento; si no sirve llamar a plebiscito, porque no se puede decidir todo llamando a plebiscito; sino sirve creerle a la prensa, porque simpre miente; si no sirven los "datos duros" porque son manipulados; sino sirve votar, porque siempre salen los mismos funcionarios públicos que se creen dueños del país... ¿que quieren que hagamos los que no estamos de acuerdo con la calidad de vida que se nos impone? ¿que nos convirtamos todos en cretinos neoliberales a ver si así nos funciona el modelito?
Porque en el fondo la crítica a los que han salido a las calles no es más que porque ellos dejan en evidencia la propia cobardía, el miedo a perder ese privilegio de poder comprar la calidez de una vida cómoda. O más que eso, el miedo de perderlo por criticar al patrón que nos lo permite, al que nos da de comer si nos portamos bien, al que nos palmetea la espalda cuando producimos más oro para sus arcas y nos dice que sigamos así, premiándonos con un aumento de sueldo para poder comprar esa calidez, que a su vez nos hace olvidar cómo nos deslomamos para conseguirla.
Esta bien querer y tener una vida cómoda. ¿Por qué no? Nos lo merecemos. Hacemos muchas cosas por conseguirla, y todo lo que se nos ofrece hoy en día sirve para ir haciéndola cada vez más cómoda, cada vez más cálida. Pero no para todos es así. Algunos se desloman tanto o más, y aún así no disfrutan de esa vida. ¿Están haciendo algo mal? Puede ser. Pero, ¿alguien les explicó como hacerlo bien sin que detrás hubiera una intención innegable de ganar algo a costa de ello? En alguna época se dijo que para poder comprar esa vidita había que ser de la nobleza. Empezaron a vender titulos nobiliarios. Hoy se dice que para tener una vida cómoda hay que tener un título universitario. Así que empezaron a venderlos, en cuotas, y con intereses. Y lo paradójico es que muchos de los que realmente tienen esa vida que todos anhelamos, ni son nobles (en ningún sentido de la palabra) ni tienen título. Más bien son los que venden y defienden el modelo, los que se dan el lujo de tener una vida cómoda. Una vida cálida. Una vida en la que criticar el modelo es criticar la propia vida.
Es cierto, existen algunos seres humanos notables, convertidos en cliché por lo grandioso y bello de sus actos. Pero no todos somos así. Hay una señora que vive en un barrio, que tiene una fuerza enorme, un empuje tremendo y una alegría a prueba de todas las malas jugadas de los gobiernos de turno. Pero lo único que tiene a mano en este minuto es una paila y una tapa de olla. Es lo que usa para luchar. Me parece más valiente que el mismísimo William Wallace. Lo mismo con ese pendejo, que sin nada que ganar para él mismo, porque ya se lo cagaron con un préstamo que no va a poder pagar, o porque ya se tituló y pagó lo que tuvo que pagar, se para a hacer el ridículo frente a las cámaras, sin la vergüenza que me daría a mí hacerlo, y ese ridículo llega a todo el mundo, a los paises vecinos y a los más lejanos, y gracias a él, se enteran de la farsa que vivimos en Chile, "el país donde se cobra a sus estudiantes por educarlos". A mí me convencieron de que votar en las elecciones de cada 4 años servía de algo. Hoy pienso que a la única que le sirve es a mí, porque me es útil sólo para no sentir que fui yo la que eligió al funcionario público al que le toque ponerse la banda presidencial, ni a los que se sienten en el parlamento o el senado. Pero me sirve malamente, porque no cambia nada, y porque no le sirve a nadie más, y por lo tanto, no le sirve a nadie. A estas alturas ya creo que si realmente votar fuera bueno, sería ilegal. Pero es lo que tengo a mano, y mientras no se me ocurra ni me atreva a otra cosa, lo seguiré haciendo. En una de esas, algún día ayudo a elegir al único funcionario que quiera cambiar las cosas para el bien de la mayoría, y no sólo de sus colegas.
Yo prefiero apoyar a los que hacen algo, por débil que sea, por sutil e invisible que sea, en vez de defender el quedarme tibiecita mirando tele en mi casa, cuidando lo mío y diciendo que todo lo que hace el resto de inconformistas es inútil o estúpido.
Me pregunto: si no sirve participar en una marcha, aunque sea por hacer choclón; si no sirve alegar por lo que es justo, aunque sea por FB; si no sirve protestar con lo tienes a mano, así sea una cuchara de palo; si no sirve tirar piedras, porque es violento; si no sirve llamar a plebiscito, porque no se puede decidir todo llamando a plebiscito; sino sirve creerle a la prensa, porque simpre miente; si no sirven los "datos duros" porque son manipulados; sino sirve votar, porque siempre salen los mismos funcionarios públicos que se creen dueños del país... ¿que quieren que hagamos los que no estamos de acuerdo con la calidad de vida que se nos impone? ¿que nos convirtamos todos en cretinos neoliberales a ver si así nos funciona el modelito?
Porque en el fondo la crítica a los que han salido a las calles no es más que porque ellos dejan en evidencia la propia cobardía, el miedo a perder ese privilegio de poder comprar la calidez de una vida cómoda. O más que eso, el miedo de perderlo por criticar al patrón que nos lo permite, al que nos da de comer si nos portamos bien, al que nos palmetea la espalda cuando producimos más oro para sus arcas y nos dice que sigamos así, premiándonos con un aumento de sueldo para poder comprar esa calidez, que a su vez nos hace olvidar cómo nos deslomamos para conseguirla.
Esta bien querer y tener una vida cómoda. ¿Por qué no? Nos lo merecemos. Hacemos muchas cosas por conseguirla, y todo lo que se nos ofrece hoy en día sirve para ir haciéndola cada vez más cómoda, cada vez más cálida. Pero no para todos es así. Algunos se desloman tanto o más, y aún así no disfrutan de esa vida. ¿Están haciendo algo mal? Puede ser. Pero, ¿alguien les explicó como hacerlo bien sin que detrás hubiera una intención innegable de ganar algo a costa de ello? En alguna época se dijo que para poder comprar esa vidita había que ser de la nobleza. Empezaron a vender titulos nobiliarios. Hoy se dice que para tener una vida cómoda hay que tener un título universitario. Así que empezaron a venderlos, en cuotas, y con intereses. Y lo paradójico es que muchos de los que realmente tienen esa vida que todos anhelamos, ni son nobles (en ningún sentido de la palabra) ni tienen título. Más bien son los que venden y defienden el modelo, los que se dan el lujo de tener una vida cómoda. Una vida cálida. Una vida en la que criticar el modelo es criticar la propia vida.
Es cierto, existen algunos seres humanos notables, convertidos en cliché por lo grandioso y bello de sus actos. Pero no todos somos así. Hay una señora que vive en un barrio, que tiene una fuerza enorme, un empuje tremendo y una alegría a prueba de todas las malas jugadas de los gobiernos de turno. Pero lo único que tiene a mano en este minuto es una paila y una tapa de olla. Es lo que usa para luchar. Me parece más valiente que el mismísimo William Wallace. Lo mismo con ese pendejo, que sin nada que ganar para él mismo, porque ya se lo cagaron con un préstamo que no va a poder pagar, o porque ya se tituló y pagó lo que tuvo que pagar, se para a hacer el ridículo frente a las cámaras, sin la vergüenza que me daría a mí hacerlo, y ese ridículo llega a todo el mundo, a los paises vecinos y a los más lejanos, y gracias a él, se enteran de la farsa que vivimos en Chile, "el país donde se cobra a sus estudiantes por educarlos". A mí me convencieron de que votar en las elecciones de cada 4 años servía de algo. Hoy pienso que a la única que le sirve es a mí, porque me es útil sólo para no sentir que fui yo la que eligió al funcionario público al que le toque ponerse la banda presidencial, ni a los que se sienten en el parlamento o el senado. Pero me sirve malamente, porque no cambia nada, y porque no le sirve a nadie más, y por lo tanto, no le sirve a nadie. A estas alturas ya creo que si realmente votar fuera bueno, sería ilegal. Pero es lo que tengo a mano, y mientras no se me ocurra ni me atreva a otra cosa, lo seguiré haciendo. En una de esas, algún día ayudo a elegir al único funcionario que quiera cambiar las cosas para el bien de la mayoría, y no sólo de sus colegas.
Yo prefiero apoyar a los que hacen algo, por débil que sea, por sutil e invisible que sea, en vez de defender el quedarme tibiecita mirando tele en mi casa, cuidando lo mío y diciendo que todo lo que hace el resto de inconformistas es inútil o estúpido.
domingo, 31 de julio de 2011
Infancia.
Es cierto que los niños son más auténticos, que su Alma está más limpia, que sus cuerpos no soportan el peso de la vergüenza... pero de igual modo creo que el estado infantil está sobrevalorado.
No logro sucumbir ante el romanticismo del querer volver a ser niña. Por donde la mire me parece una idea nefasta, y no porque mi infancia haya sido traumática, porque no lo fue, sino porque volver a ser niña significaría, visto de un modo recional, volver a ir creciendo, enterarse de nuevo de tanta cosa incomprensible que compone al mundo, de pasar de nuevo por el colegio, de sentir de nuevo esos cambios en el cuerpo, de rebelarse contra los padres, de volver a tener que pasar por las improvisaciones de vivir cada día...
Me dirán entonces que la idea de proponer un retorno a la infancia es que ese retorno sea permanente, una infancia perpetua donde no se crezca y donde uno permanezca siempre ignorante de las cosas incomprensibles del mundo, en una especie de Nunca Jamás. Esta imagen me parece aún peor. Es perversa, como lo es cada idea de eternidad, que de tan quieta ya parezca muerta. Cuando yo era niña tenía la inocencia de una niña pero, como es lógico, carecía de la sabidura de un adulto sabio que sabe que es inútil sufrir por imaginar un futuro que no llega. Cuando yo era niña no sabía que el presente es el momento más valioso de la Vida, y siempre estaba pensando en lo que pasaría más adelante. Mis adultos contribuían a ese sufrimiento cada vez que me preguntaban qué quería ser de grande, porque no solo no tenía idea, sino porque me ponían en situación de decir cualquier cosa, fuera sentida o no. Pasaba mis días deseando que llegara el momento de ser adulta, de desligarme de ciertos yugos inherentes a ser chiquita, de no tener que ir más al colegio.
Por otro lado, la visión fabulosa del adulto no tiene nada que envidarle a la del niño, sino más bien al revés. Cuando los grandes ven un dibujo que raya en lo cubista hecho por un niñito de 5 años, aseguran "¡Así ven los niños el mundo!". Nada hay más falaz que una afirmación semejante. Cuando yo era chica y dibujaba, lo que tenía en mi mente no se parecía en nada a lo que plasmaba en el papel. Lo intentaba, con mi escasa destreza motriz y mi nula técnica pictórica, y el resultado me tranquilizaba porque era una niña, no porque creyera que realmente había logrado hacer una reproducción fiel de un sentimiento o una figura existente en mi cabeza. Muy por el contrario, los niños son binarios en demasía. Aún recuerdo una vez que con un novio de mi adolescencia nos disfrazamos de arlequines. No teníamos sombrero asíque anudamos las puntas de una panty y nos las calzamos a la cabeza con los nudos a modo de pompones colgando a ambos lados. Yo veía un sombrero de arlequin, pero dos niñitas de no más de 7 años nos preguntaron ¿porque llevan un pantalón en la cabeza? De nada sirvieron mis intentos por que utilizaran su imaginación, ellas nos miraban con la cara con la que se mira a un orate.
A mí no me seduce la infancia. Ya bastante inmadura soy aún como para querer volver a serlo más todavía, llevo 30 años queriendo dejar de ser una niña y difícilmente podría decir que lo he conseguido. Y la infancia de los demás tampoco me conmueve. Los niños son espantosos, gritan, corren, rompen cosas, y aunque reconozco que también es admirable su incapacidad de respetar la intimidad de otro, no por ello me parece "mágico" ni "puro". Simplemente me parece molesto.
No, definitivamente la infancia no es más bella que cualquier otro momento de la Vida. Cada época puede ser linda u horrorosa dependiendo de lo que hagamos en ella, y en mi caso, aunque en mis registros se encuentran momentos tristísimos, no cambiaría ninguno de ellos por los recuerdos hermosos de Guadarrama, Cerrillos o el Albaicín, que sin duda no le llegan ni a los talones a cada comprensión sublime, a cada momento de cálida compañía, a cada vez que hice el amor con un hombre que amé, a cada día que aprendí algo nuevo, cada vez que visité un lugar que no conocía, cada vez que hice algo que me gusta. Mi Vida, así, con su infancia en su lugar, es perfecta.
No logro sucumbir ante el romanticismo del querer volver a ser niña. Por donde la mire me parece una idea nefasta, y no porque mi infancia haya sido traumática, porque no lo fue, sino porque volver a ser niña significaría, visto de un modo recional, volver a ir creciendo, enterarse de nuevo de tanta cosa incomprensible que compone al mundo, de pasar de nuevo por el colegio, de sentir de nuevo esos cambios en el cuerpo, de rebelarse contra los padres, de volver a tener que pasar por las improvisaciones de vivir cada día...
Me dirán entonces que la idea de proponer un retorno a la infancia es que ese retorno sea permanente, una infancia perpetua donde no se crezca y donde uno permanezca siempre ignorante de las cosas incomprensibles del mundo, en una especie de Nunca Jamás. Esta imagen me parece aún peor. Es perversa, como lo es cada idea de eternidad, que de tan quieta ya parezca muerta. Cuando yo era niña tenía la inocencia de una niña pero, como es lógico, carecía de la sabidura de un adulto sabio que sabe que es inútil sufrir por imaginar un futuro que no llega. Cuando yo era niña no sabía que el presente es el momento más valioso de la Vida, y siempre estaba pensando en lo que pasaría más adelante. Mis adultos contribuían a ese sufrimiento cada vez que me preguntaban qué quería ser de grande, porque no solo no tenía idea, sino porque me ponían en situación de decir cualquier cosa, fuera sentida o no. Pasaba mis días deseando que llegara el momento de ser adulta, de desligarme de ciertos yugos inherentes a ser chiquita, de no tener que ir más al colegio.
Por otro lado, la visión fabulosa del adulto no tiene nada que envidarle a la del niño, sino más bien al revés. Cuando los grandes ven un dibujo que raya en lo cubista hecho por un niñito de 5 años, aseguran "¡Así ven los niños el mundo!". Nada hay más falaz que una afirmación semejante. Cuando yo era chica y dibujaba, lo que tenía en mi mente no se parecía en nada a lo que plasmaba en el papel. Lo intentaba, con mi escasa destreza motriz y mi nula técnica pictórica, y el resultado me tranquilizaba porque era una niña, no porque creyera que realmente había logrado hacer una reproducción fiel de un sentimiento o una figura existente en mi cabeza. Muy por el contrario, los niños son binarios en demasía. Aún recuerdo una vez que con un novio de mi adolescencia nos disfrazamos de arlequines. No teníamos sombrero asíque anudamos las puntas de una panty y nos las calzamos a la cabeza con los nudos a modo de pompones colgando a ambos lados. Yo veía un sombrero de arlequin, pero dos niñitas de no más de 7 años nos preguntaron ¿porque llevan un pantalón en la cabeza? De nada sirvieron mis intentos por que utilizaran su imaginación, ellas nos miraban con la cara con la que se mira a un orate.
A mí no me seduce la infancia. Ya bastante inmadura soy aún como para querer volver a serlo más todavía, llevo 30 años queriendo dejar de ser una niña y difícilmente podría decir que lo he conseguido. Y la infancia de los demás tampoco me conmueve. Los niños son espantosos, gritan, corren, rompen cosas, y aunque reconozco que también es admirable su incapacidad de respetar la intimidad de otro, no por ello me parece "mágico" ni "puro". Simplemente me parece molesto.
No, definitivamente la infancia no es más bella que cualquier otro momento de la Vida. Cada época puede ser linda u horrorosa dependiendo de lo que hagamos en ella, y en mi caso, aunque en mis registros se encuentran momentos tristísimos, no cambiaría ninguno de ellos por los recuerdos hermosos de Guadarrama, Cerrillos o el Albaicín, que sin duda no le llegan ni a los talones a cada comprensión sublime, a cada momento de cálida compañía, a cada vez que hice el amor con un hombre que amé, a cada día que aprendí algo nuevo, cada vez que visité un lugar que no conocía, cada vez que hice algo que me gusta. Mi Vida, así, con su infancia en su lugar, es perfecta.
domingo, 27 de febrero de 2011
El pato negro
No sé que le encontró la gente a la película "El cisne negro". Creo que somos más influenciables de lo que nos damos cuenta, y que solo porque ha tenido buena crítica, a todos les ha parecido excelente.
A mí no. Es más, me pareció pésima. Con un argumento que desde siempre ha sido abordado en obras literarias, escénicas, cinemátograficas, musicales y pictóricas, y que aún así, a pesar de lo trillado puede seguir siendo desarrollable, no hacían falta esos efectos especiales de película de terror de cuarta.
Espejos que muestran reflejos independientes del reflejado, apariciones sangrientas, dibujos que hablan, y demases escenas truculentas, consabidas hasta el hastío desde Bela Lugosi hasta el cine Gore que haría las delicias de Salfate, pasando por Thriller de Michael Jackson, solo dejan en claro una falta de imaginación casi patológica y un mal gusto de proporciones.
Antes de ir a verla me llamó la atención no solo las nominaciones a los Globos de Oro y los Oscar, sino el comentario reiterado sobre la magistral actuación de Natalie Portman... que sin embargo no es tal. Magistral actuación habría sido si no se hubiesen necesitado todos los efectos ya mencionados y todos los retoques digitales que nos permitieron verla bailar cuando no era ella quien lo hacía y verla luchar contra su personaje, que pujaba por expresarse, cuando no era ella quien actuaba, sino un programa computacional que hacía que le salieran plumas (¡plumas!).
Por otro lado, convengámos en algo: Un cisne, por bello y grácil que sea, no deja de ser un pato elegante. Un pato, que no es lo mismo que un león, un lobo o un dragón. ¡Tiene membranas natatorias! ¡Y un pico plano con el que se saca los piojos de entre las plumas! ¡Hace caca verde! La metamorfósis en animal tan carente de ímpetu es humillante. Es como convertirse en pollo.
Recuerden la película en la que Jack Nicholson se transforma en lobo. Primero que nada, la única alusión física de su mutación es que le salen unos pelos gruesos donde antes no los tenía. Punto, de ahí en más todo es su actuación, a parte de unos lentes de contacto amarillos y algún que otro salto canino. Luego, uno se entera de que el tipo se está transformando en lobo, no porque le salga cola, sino porque el duerme 23 horas seguidas, olfatea la ropa interior de su esposa hasta llegar a ella al otro lado de la ciudad, y escucha cosas que antes no podía oír tan claramente. Se nos deja claro que el hombre casi lobo salió de caza, no porque lo viéramos desgarrando con sus colmillos la yugular de un vagabundo, sino porque en la escena siguiente, después de pasear hambriento por el parque, encuentra un dedo en el bolsillo de su chaqueta.
En "El Cisne Negro", todo es explícito, independientemente de si es o no producto de la imaginación de la protagonista, su metamorfosis es, además de ridícula, evidente, como si la mente humana no pudiera inferir, sino solo percibir, para poder comprender las cosas.
Mi recomendación: si quieren ver al cisne negro, junten plata y vayan a ver al Bolshoi interpretando "El lago de los Cisnes" que, seguro, la bailarina principal sabrá seducirlos sin necesidad de más efectos que los de la iluminación del teatro y de la interpretación de su orquesta.
A mí no. Es más, me pareció pésima. Con un argumento que desde siempre ha sido abordado en obras literarias, escénicas, cinemátograficas, musicales y pictóricas, y que aún así, a pesar de lo trillado puede seguir siendo desarrollable, no hacían falta esos efectos especiales de película de terror de cuarta.
Espejos que muestran reflejos independientes del reflejado, apariciones sangrientas, dibujos que hablan, y demases escenas truculentas, consabidas hasta el hastío desde Bela Lugosi hasta el cine Gore que haría las delicias de Salfate, pasando por Thriller de Michael Jackson, solo dejan en claro una falta de imaginación casi patológica y un mal gusto de proporciones.
Antes de ir a verla me llamó la atención no solo las nominaciones a los Globos de Oro y los Oscar, sino el comentario reiterado sobre la magistral actuación de Natalie Portman... que sin embargo no es tal. Magistral actuación habría sido si no se hubiesen necesitado todos los efectos ya mencionados y todos los retoques digitales que nos permitieron verla bailar cuando no era ella quien lo hacía y verla luchar contra su personaje, que pujaba por expresarse, cuando no era ella quien actuaba, sino un programa computacional que hacía que le salieran plumas (¡plumas!).
Por otro lado, convengámos en algo: Un cisne, por bello y grácil que sea, no deja de ser un pato elegante. Un pato, que no es lo mismo que un león, un lobo o un dragón. ¡Tiene membranas natatorias! ¡Y un pico plano con el que se saca los piojos de entre las plumas! ¡Hace caca verde! La metamorfósis en animal tan carente de ímpetu es humillante. Es como convertirse en pollo.
Recuerden la película en la que Jack Nicholson se transforma en lobo. Primero que nada, la única alusión física de su mutación es que le salen unos pelos gruesos donde antes no los tenía. Punto, de ahí en más todo es su actuación, a parte de unos lentes de contacto amarillos y algún que otro salto canino. Luego, uno se entera de que el tipo se está transformando en lobo, no porque le salga cola, sino porque el duerme 23 horas seguidas, olfatea la ropa interior de su esposa hasta llegar a ella al otro lado de la ciudad, y escucha cosas que antes no podía oír tan claramente. Se nos deja claro que el hombre casi lobo salió de caza, no porque lo viéramos desgarrando con sus colmillos la yugular de un vagabundo, sino porque en la escena siguiente, después de pasear hambriento por el parque, encuentra un dedo en el bolsillo de su chaqueta.
En "El Cisne Negro", todo es explícito, independientemente de si es o no producto de la imaginación de la protagonista, su metamorfosis es, además de ridícula, evidente, como si la mente humana no pudiera inferir, sino solo percibir, para poder comprender las cosas.
Mi recomendación: si quieren ver al cisne negro, junten plata y vayan a ver al Bolshoi interpretando "El lago de los Cisnes" que, seguro, la bailarina principal sabrá seducirlos sin necesidad de más efectos que los de la iluminación del teatro y de la interpretación de su orquesta.
domingo, 19 de diciembre de 2010
Oh, Brother!
Desde hace algunos días me visitas más de cerca, oigo tu voz claramente, ayer me cantaste "Oh, Sister" emulando al viejo Bob, mientras esperaba algo enfadada en el escalón de una puerta cerrada. Te gustaba cantarme esa canción cuando me subía al primer peldaño de la escalera para alcanzar tu cuello con mis brazos.
Me resfrié la semana pasada y quise sentir tu regaloneo. Recordé esa noche que te dormiste en mi cama y yo, para no molestarte, me acosté en la de visitas que se guardaba debajo. Despertaste y estuvimos conversando de una cama a otra, y nos tomamos la mano conmovidos por nuestra charla y nuestra hermandad. Así nos dormimos, y así nos descubrió la mami cuando llegó ya tarde, y se enterneció al vernos, sustrayendo para sí un trocito de aquello que nos había emocionado a ambos un rato antes. Siempre compartíamos esas sustancias sutiles los tres, las emociones eran algo para lo que no había veto entre nosotros.
Así descubrí por fin que tu cercanía era posible según mi disposición a experimentarla, y mi apertura a tu llegada fue absoluta ese día de catarro, así que te acercaste a la cama y me acariciaste el pelo, me dormí tranquila sabiéndote a mi lado y así te he sentido cada vez que te lo he pedido, así te veo todo vestido de blanco y sin calcetines, así te escucho con acento madrileño o cantando "Oh, Sister", burlándote con ese histrionismo que nos llenaba de alegría, motivo básico de que todos te quisieran.
Ah, viejo Dean! que bueno es encontrarme contigo en la esquina, viéndote ahí parado mientras me voy acercando a tí, sonriente, sabiendo lo que piensas al mirarme a medida que camino a tu encuentro, sintiéndome igual de chica porque tu mirada siempre me queda grande, pero ya soy más adulta y tu estás más viejo, salimos a reirnos de la gente juntos, y yo sigo tratando de aprender tu estilo, pero a tí cada vez te sorprende más el mío. Es un buen estilo, a veces alguna chica lo usó contigo y caíste, ahora lo ves y te ries de tí mismo. Venga ya, viejo loco!! quédate un rato más, desde cuando tan responsable?
Pero ahora tienes tanto que hacer. Te despides suavemente, casi no me doy cuenta cuando ya te has ido. Hay quien anda por ahí llorando o quiere compartir algo contigo. No puedo acapararte para mí sola. Me dejas una mariposa en el pecho, la sonrisa tenue y los ojos con tus chispas. Un aroma recién nacido me acompaña por algunos minutos.
Me resfrié la semana pasada y quise sentir tu regaloneo. Recordé esa noche que te dormiste en mi cama y yo, para no molestarte, me acosté en la de visitas que se guardaba debajo. Despertaste y estuvimos conversando de una cama a otra, y nos tomamos la mano conmovidos por nuestra charla y nuestra hermandad. Así nos dormimos, y así nos descubrió la mami cuando llegó ya tarde, y se enterneció al vernos, sustrayendo para sí un trocito de aquello que nos había emocionado a ambos un rato antes. Siempre compartíamos esas sustancias sutiles los tres, las emociones eran algo para lo que no había veto entre nosotros.
Así descubrí por fin que tu cercanía era posible según mi disposición a experimentarla, y mi apertura a tu llegada fue absoluta ese día de catarro, así que te acercaste a la cama y me acariciaste el pelo, me dormí tranquila sabiéndote a mi lado y así te he sentido cada vez que te lo he pedido, así te veo todo vestido de blanco y sin calcetines, así te escucho con acento madrileño o cantando "Oh, Sister", burlándote con ese histrionismo que nos llenaba de alegría, motivo básico de que todos te quisieran.
Ah, viejo Dean! que bueno es encontrarme contigo en la esquina, viéndote ahí parado mientras me voy acercando a tí, sonriente, sabiendo lo que piensas al mirarme a medida que camino a tu encuentro, sintiéndome igual de chica porque tu mirada siempre me queda grande, pero ya soy más adulta y tu estás más viejo, salimos a reirnos de la gente juntos, y yo sigo tratando de aprender tu estilo, pero a tí cada vez te sorprende más el mío. Es un buen estilo, a veces alguna chica lo usó contigo y caíste, ahora lo ves y te ries de tí mismo. Venga ya, viejo loco!! quédate un rato más, desde cuando tan responsable?
Pero ahora tienes tanto que hacer. Te despides suavemente, casi no me doy cuenta cuando ya te has ido. Hay quien anda por ahí llorando o quiere compartir algo contigo. No puedo acapararte para mí sola. Me dejas una mariposa en el pecho, la sonrisa tenue y los ojos con tus chispas. Un aroma recién nacido me acompaña por algunos minutos.
viernes, 5 de noviembre de 2010
Explanada.
Me deshojé,
me sequé suavemente durante dos otoños perpetuos
me desvestí furibunda de mis letras y mis filos
me arranqué la corteza rugosa de mi corazón de castaño.
Sacudí el polvo que tenía metido en las venas
me dí vuelta y te abracé,
como siempre, por la espalda,
y suspiré, por fin, suspiré.
Dormí veintitrés días
y erupcioné párvula como antaño,
feíta, flacuchenta, pálida y ojerosa
pero al fín descontraída
lacia y errática.
Y así alcancé la Explanada
tortuosa en su belleza como ninguna
infinita
dorada
vacía
No estaba yo ahí donde me encontraba ubicada
sino más atrás
centímetros por detrás de mí misma
viéndolo todo como por vez primera
y después de mucho esperar
fue la chispa que saltaba enloquecida
en los ojos de mi hermano
la que me despertó
y me empujó hacia adentro.
me sequé suavemente durante dos otoños perpetuos
me desvestí furibunda de mis letras y mis filos
me arranqué la corteza rugosa de mi corazón de castaño.
Sacudí el polvo que tenía metido en las venas
me dí vuelta y te abracé,
como siempre, por la espalda,
y suspiré, por fin, suspiré.
Dormí veintitrés días
y erupcioné párvula como antaño,
feíta, flacuchenta, pálida y ojerosa
pero al fín descontraída
lacia y errática.
Y así alcancé la Explanada
tortuosa en su belleza como ninguna
infinita
dorada
vacía
No estaba yo ahí donde me encontraba ubicada
sino más atrás
centímetros por detrás de mí misma
viéndolo todo como por vez primera
y después de mucho esperar
fue la chispa que saltaba enloquecida
en los ojos de mi hermano
la que me despertó
y me empujó hacia adentro.
jueves, 23 de septiembre de 2010
Paz en Curacaví.
Reencontrarme contigo me dejó la misma sensación de cuando volví a ver a mi hermano Leonardo, en el verano de 2001 en Granada. Es muy extraño pero uno se sabe querido y sabe que quien tiene delante se sabe querido por uno, a pesar de no haberse visto durante años. El tiempo se pliega: comienzan los recuerdos, la evidencia de demasiado rato sin verse, sin saber la una de la otra, y al unísono esa sensación de que nada ha cambiado radicalmente, de que sigues siendo la misma, de que puedes verme hasta adentro como entonces.

- Sí, han cambiado muchas cosas...
Obvio, pero no en esencia. Te conozco, lo sé y lo sabes. Me conoces, lo sabes y yo lo sé. ¿Cómo sucede eso? lo ignoramos.
La verdad es que fue un alivio sentir todo eso, mi temor a encontrarme con una señora sentada frente a la tele mientras le da coca cola a sus hijos y se queja de los problemas que tiene en la oficina y de lo malo que está el mundo según la prensa, fue grande. Por fortuna seguias siendo quien yo recordaba, así que no podía faltar: tus 30 había que celebrarlos allí donde más hicimos de las nuestras: Curacaví, la casa de tus abuelos.

Y allí estaba también Karen, la otra grande de la tríada, con su otro puñado de recuerdos y risotadas, imparable, telúrica. En cosa de horas fueron millones de vivencias compartidas, ponernos al día de las vidas de cada una. Y nuevamente esa sensación de todo igual, pero diferente.
Así fue como terminamos en casa de Karen bailando cueca, porque tu cumpleaños coincide con fiestas patrias, y para mí creo que fue demasiado entre tanto pasado y patriotismo. Con el Jose caímos rendidos en el livig de tus abuelos demasiado pronto, a pesar de la insistencia de la Karen que llegó a destaparme mientras me decía "¡Maligna, maligna! ¡Levantate!"

Al dia siguiente tu abuelo Armando no paró de hablar con el Jose, con tu abuela nos contaron su vida entera, comimos y hasta nos echamos entre pecho y espalda los mejores Dulces de Curacaví que yo había probado en mi Vida.
No sé si eché de menos algo. Creo que no en realidad. Pero estuvo muy bien todo ese recuento, y ahora quiero construír ese "to be continued" de aquello que nos ha hermanado desde hace tanto tiempo.
Salud Paz, gran amiga!!!
- Sí, han cambiado muchas cosas...
Obvio, pero no en esencia. Te conozco, lo sé y lo sabes. Me conoces, lo sabes y yo lo sé. ¿Cómo sucede eso? lo ignoramos.
La verdad es que fue un alivio sentir todo eso, mi temor a encontrarme con una señora sentada frente a la tele mientras le da coca cola a sus hijos y se queja de los problemas que tiene en la oficina y de lo malo que está el mundo según la prensa, fue grande. Por fortuna seguias siendo quien yo recordaba, así que no podía faltar: tus 30 había que celebrarlos allí donde más hicimos de las nuestras: Curacaví, la casa de tus abuelos.
Y allí estaba también Karen, la otra grande de la tríada, con su otro puñado de recuerdos y risotadas, imparable, telúrica. En cosa de horas fueron millones de vivencias compartidas, ponernos al día de las vidas de cada una. Y nuevamente esa sensación de todo igual, pero diferente.
Así fue como terminamos en casa de Karen bailando cueca, porque tu cumpleaños coincide con fiestas patrias, y para mí creo que fue demasiado entre tanto pasado y patriotismo. Con el Jose caímos rendidos en el livig de tus abuelos demasiado pronto, a pesar de la insistencia de la Karen que llegó a destaparme mientras me decía "¡Maligna, maligna! ¡Levantate!"
Al dia siguiente tu abuelo Armando no paró de hablar con el Jose, con tu abuela nos contaron su vida entera, comimos y hasta nos echamos entre pecho y espalda los mejores Dulces de Curacaví que yo había probado en mi Vida.
No sé si eché de menos algo. Creo que no en realidad. Pero estuvo muy bien todo ese recuento, y ahora quiero construír ese "to be continued" de aquello que nos ha hermanado desde hace tanto tiempo.
Salud Paz, gran amiga!!!
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